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Llamados a Alguien | 1 Corintios 1:1–2

Estudio bíblico | 1 Corintios 1:1–2

Texto base: 1 Corintios 1:1–2

«Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro».

Idea central

Dios, por su voluntad y gracia, nos llamó a Él y nos santificó en Cristo Jesús. Ahora nos corresponde vivir conforme a esa nueva identidad.

Pregunta para reflexionar: Si Dios ya nos hizo santos en Cristo, ¿cómo debemos vivir?


Introducción: Una iglesia imperfecta, un Dios lleno de gracia

La iglesia de Corinto tenía problemas serios: divisiones, orgullo, inmoralidad y desorden.

  • Divisiones e inmoralidad: Los corintios formaban bandos, se llevaban a los tribunales y toleraban pecados graves, incluyendo el caso de un hombre que mantenía relaciones sexuales con su madrastra (1 Corintios 1:12; 5:1–2; 6:1–8).

  • Desorden en la Cena del Señor: Habían convertido la Cena del Señor en una ocasión de egoísmo y desigualdad. Algunos comían y se emborrachaban, mientras otros pasaban hambre y eran avergonzados (1 Corintios 11:17–22).

Uno pensaría que Pablo comenzaría su carta regañándolos. Sin embargo, los llama «santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos».

¿Por qué? Porque Pablo comienza recordándoles lo que Dios ha hecho por ellos, antes de confrontar cómo están viviendo.

Nuestra identidad en Cristo es el fundamento de nuestra manera de vivir.

No vivimos en santidad para conseguir que Dios nos haga su pueblo; buscamos vivir en santidad porque, por su gracia, ya nos hizo suyos.


1. Santificados: Apartados para Dios

1 Corintios 1:2

«A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro».

La palabra santificados significa apartar, consagrar o dedicar algo para Dios.

La santificación tiene dos dimensiones que debemos entender:

Nuestra posición: lo que Dios ya hizo.

Por medio de Jesucristo hemos sido apartados para Dios. Nuestra pertenencia a Él no es un premio por nuestro buen comportamiento, sino el resultado de su gracia.

Nuestra condición: lo que Dios continúa haciendo.

Aunque ya pertenecemos a Dios, todavía estamos siendo transformados. El Espíritu Santo trabaja en nuestro carácter, pensamientos, deseos y conducta para hacernos cada vez más semejantes a Cristo.

Piensa en una casa que alguien compra para remodelar. Desde el primer día tiene un nuevo dueño, aunque todavía necesita mucho trabajo por dentro. Así también nosotros: pertenecemos a Cristo, pero Él continúa trabajando en nosotros.

La posición nos dice a quién pertenecemos; la condición refleja en quiénes nos estamos convirtiendo.

Hebreos 10:10–14

10 Por esa voluntad hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo ofrecida una vez para siempre.

11 Ciertamente todo sacerdote está de pie, día tras día, ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados.

12 Pero Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios, 13 esperando de ahí en adelante hasta que Sus enemigos sean puestos por estrado de Sus pies.

14 Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados.

Cristo nos hizo perfectos para siempre (v. 14). ¿Significa que ya no pecamos o que nunca nos equivocamos?

No. Perfectos aquí significa que, por medio de un solo sacrificio, Jesús hizo lo necesario para que pudiéramos acercarnos a Dios y ser aceptados delante de Él. Su sacrificio es completo, suficiente y no necesita repetirse.

Somos perfectos en cuanto a nuestra posición delante de Dios en Cristo, aunque todavía estamos siendo transformados en nuestra manera de vivir.

«A los que son santificados». Es decir, Dios ya hizo algo definitivo por nosotros, pero continúa obrando en nuestras vidas.

No buscamos la santidad para completar lo que Jesús dejó incompleto. Buscamos la santidad porque su obra perfecta nos ha apartado para Dios y ahora transforma nuestra vida.

Ahora puedes acercarte a Dios. Ahora puedes hacer obras buenas. Antes no. Antes estábamos muertos. Un muerto no puede hacer nada. Ahora que Cristo nos dio vida, podemos esforzarnos y participar con Dios en nuestro proceso de santificación.

1 Corintios 6:9–11

9 ¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales,

10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.

11 Y esto eran algunos de ustedes; pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.

Dios nos santificó, pero también nos llamó a dejar nuestra antigua manera de vivir (v. 11).

Mira las palabras de Pablo: «Y esto eran algunos de ustedes». No dice que seguían siendo lo mismo, sino que esa era su antigua manera de vivir.

¡La gracia no solamente cambia nuestra posición delante de Dios, también transforma nuestra vida!

Por eso debemos evitar dos extremos: creer que podemos ganarnos la salvación mediante nuestras obras, o pensar que, como Cristo ya hizo todo, nosotros no tenemos que hacer nada.

No obedecemos para ser salvos; obedecemos porque hemos sido salvados por gracia. La gracia no es una excusa para continuar pecando ni para quedarnos de brazos cruzados (Tito 2:11–12; Efesios 2:8–10).

Justificados: declarados justos delante de Dios (v. 11).

Imagina que estás frente a un juez y eres verdaderamente culpable. No puedes defenderte diciendo que has hecho más cosas buenas que malas. Pero Cristo, siendo inocente, cargó con nuestros pecados y sufrió el juicio que merecíamos, para que nosotros pudiéramos ser declarados justos delante de Dios por medio de la fe en Él.

Esto es lo que Pablo explica en 2 Corintios 5:21: Dios hizo que Cristo, quien no conoció pecado, fuera hecho pecado por nosotros, para que en Él fuéramos hechos justicia de Dios.

No significa que nunca hemos pecado, sino que nuestra aceptación delante de Dios descansa en la justicia (la obra, los buenos actos) de Cristo y no en nuestros méritos (nuestros esfuerzos).

Juan 17:17

17 «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad».

Es Dios quien nos santifica, y utiliza su Palabra para hacerlo (v. 17).

Jesús no dice: «Padre, ellos se santificarán solos», sino que ora: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad».

La santificación no depende únicamente de nuestra fuerza de voluntad. Es una obra de Dios que transforma nuestros pensamientos, deseos y manera de vivir mediante su verdad.

No podemos hacernos santos por nuestra propia cuenta; necesitamos continuamente la gracia de Dios y la obra de su Espíritu.

Nuestra responsabilidad es recibir, creer y obedecer esa verdad.

Que Dios sea quien nos santifique no significa que nosotros debamos permanecer pasivos.

¿Cómo pretendemos que nuestra mente sea renovada si nunca la exponemos a su Palabra?

Dios nos llama a escucharla, estudiarla, meditar en ella y ponerla en práctica (Santiago 1:22; Romanos 12:2).

La Palabra no transforma nuestra vida simplemente porque tengamos una Biblia en casa, sino cuando el Espíritu obra en nosotros mediante esa verdad, y respondemos con fe y obediencia.

Piensa un momento y contesta

¿Qué lugar le estamos dando a su Palabra en nuestra vida diaria?


2. Llamados: No a algo, sino a Alguien

1 Corintios 1:2

«A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro».

La palabra llamados nos recuerda que nuestra relación con Dios comienza por su iniciativa y por su gracia, no por nuestros méritos.

Las dos analogías del llamamiento eficaz de Dios

1. La analogía de la creación (Romanos 4:17): Dios es el ser soberano «que da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen». Dios mira el corazón de piedra, insensible y apagado de un incrédulo y dice con autoridad: «Hágase la vida, hágase la luz, hágase la fe», y de inmediato sucede.

2. La analogía de Lázaro (Juan 11): Jesús se paró frente a una tumba fría donde estaba un hombre que llevaba cuatro días muerto y gritó: «¡Lázaro, ven fuera!». Jesús le estaba hablando a un cadáver incapaz de responder por sí mismo. Sin embargo, el llamado de Jesús creó la vida en Lázaro y lo levantó de la muerte.

Pablo fue llamado a ser apóstol por la voluntad de Dios. Los corintios fueron llamados a ser santos por esa misma gracia.

Pero miremos algo importante. En 1 Corintios 1:9, Pablo explica que fuimos «llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor».

Ojo: Muchas veces pensamos en nuestro llamado como un ministerio, una posición o algo que tenemos que hacer. Y sí, Dios nos da responsabilidades.

Pero antes de llamarnos a servirle, nos llamó a estar con Él.

En Marcos 3:14, Jesús escogió a los doce primero para que estuviesen con Él, y luego para enviarlos a predicar.

¡Importante ese orden!

Podemos estar tan ocupados haciendo cosas para Dios que terminamos descuidando nuestra relación con Él.

No fuimos llamados primeramente a hacer algo, sino a pertenecerle a Alguien. Lo que hacemos debe ser consecuencia de nuestra comunión con Cristo.

Y mira cómo termina 1 Corintios 1:2: los creyentes son aquellos que invocan el nombre del Señor. Dios nos llama a Él, y nosotros respondemos buscándolo, adorándolo y dependiendo de Él.

Romanos 1:6–7

  • 6 Entre los cuales están también ustedes, llamados de Jesucristo.

  • 7 A todos los amados de Dios que están en Roma, llamados a ser santos: Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Nuestra identidad no comienza con lo que hacemos para Dios, sino con lo que Él ha hecho por nosotros. Somos suyos por gracia, y esa misma gracia nos llama a vivir apartados para Él.

La gracia y la paz vienen de Dios (v. 7).

Pablo no presenta la gracia y la paz como premios por alcanzar cierto nivel de santidad, sino como bendiciones que recibimos por medio de Jesucristo.

La gracia es el favor inmerecido de Dios, y la paz es la reconciliación con Él que también trae descanso y seguridad a nuestro corazón (Romanos 5:1–2).

No significa que nunca tendremos conflictos o preocupaciones, sino que ahora tenemos paz con Dios.

Juan 17:3

3 «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado».

La vida eterna no es solamente vivir para siempre, sino vivir en comunión con Dios. No se trata simplemente de saber cosas acerca de Dios, sino de tener una relación real y personal con Él.

La eternidad comienza a experimentarse desde ahora. Por medio de Cristo ya tenemos vida eterna y podemos disfrutar de Su Presencia y comunión, aunque todavía no en toda su plenitud (Juan 5:24; 1 Juan 1:3).

¡No tenemos que esperar al cielo para comenzar a conocer y disfrutar de Dios!

Lo que hoy experimentamos por la fe es un “preview” de lo que un día disfrutaremos plenamente en su presencia.

Si quieres profundizar sigue leyendo: 1 Pedro 2:9; 2 Timoteo 1:9.

Piensa un momento y contesta

¿Cómo debe reflejarse ese llamado en nuestra manera de vivir y servir?


3. Santos: Una identidad que debe reflejarse en nuestra vida

1 Corintios 1:2

«A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro».

La palabra santos significa apartados o consagrados para Dios.

Pablo no está escribiendo a personas que alcanzaron la perfección.

¡Estamos hablando de los corintios! Les está recordando que son santos por el llamamiento y la obra de Dios en Cristo.

Esto elimina cualquier razón para sentirnos superiores a nuestros hermanos.

La santidad no es un trofeo que conseguimos; es una identidad que recibimos por gracia y que debemos reflejar en nuestra conducta.

2 Corintios 7:1

1 «Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios».

Por eso, nuestra identidad no debe convertirse en una excusa para pecar, sino en una razón para apartarnos del pecado.

Si pertenecemos a Cristo, nuestra vida debe reflejar el carácter de Cristo.

Piensa un momento y contesta

¿Qué áreas de nuestra vida necesitan ser limpiadas o rendidas a Él?


4. ¿Cómo viven aquellos que han sido llamados y santificados?

A. Amando a Dios con toda nuestra mente

Deuteronomio 6:4–9 | Marcos 12:30 | Romanos 12:1–2

Amar a Dios no se limita a lo que sentimos durante un culto. También incluye lo que pensamos, creemos y decidimos cada día.

Pablo nos exhorta a ser transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento.

¿Por qué? Porque lo que creemos influye en cómo vivimos.

Si confiamos verdaderamente en las promesas de Dios, nuestras prioridades, decisiones y deseos comienzan a cambiar.

**Amar a Dios